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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Acababa de escuchar las seis campanadas en el reloj de la iglesia, y pensó que hoy estaba muy retrasada con los preparativos de la cena, y, no sólo eso, también en su casa le esperaba trabajo, y, al igual que en casa de sus amos, nadie le ayudaría.

Mientras se afanaba en sacar el capón del horno y probar la compota para que tuviera el punto justo de canela y vino, su mente viajó a la taberna donde estaría su hombre, con la única preocupación de meter mano a alguna de las “señoritas divertidas” o beber su cuarta o quinta pinta de cerveza.

Los ojos se le iban arrasando de lágrimas mientras la impotencia iba haciendo mella en ella. Cuidar de la casa de los señores era agotador, daba mucho trabajo por la cantidad de detalles a los que debía de estar atenta, pues eran demasiado remilgados y tenia que poner los cinco sentidos en cada una de las tareas que realizaba, la ventaja era que no tenia niños alrededor que requirieran a cada momento su atención, haciendo el trabajo interminable.

En su casa le esperaban cinco niños, el mayor de ocho años y el pequeño de apenas cuatro meses, al recordarlo no pudo evitar que la leche de sus turgentes pechos se derramara, las lagrimas podía contenerlas, pero no el alimento tan necesario para su hijo que se perdía inevitablemente  entre los pliegues de su vestido.

Cuando todo estaba ya listo lo acercó a una distancia prudente de la lumbre para que se mantuviera caliente, tomó su pañoleta a fue a avisar a la dueña de que su jornada había terminado y se iba ya a su casa con los suyos.

Cuando llegó a la sala, el matrimonio se encontraba haciendo recuento de las ganancias del día, ella, temerosa, llamó a la puerta, y el, con esa cara gorda y grasienta, como los tocinos que vendía, se le quedó mirando sonriendo con cara de lascivia, mientras posaba sus ojos, sin ningún pudor, sobre los pechos, ella se dió cuenta de que su ropa estaba manchada y los pezones quedaban marcados debido a la humedad de la leche derramada,  y se tapó de forma instintiva  con la pañoleta, el volvió a sonreírle y le dijo, hoy no he podido dirigirte ni una palabra, pequeña, he estado muy ocupado en la carnicería preparando las viandas de Navidad. Ven, acércate, ella, tímidamente fue hacia el mientras la mujer le miraba delatando unos celos que le carcomían día a día. El, de forma descarada, le dio una moneda y un azote en las nalgas con su manaza, mientras le guiñaba un ojo y le decía, ya me lo cobraré.

Cada vez que se repetía esa escena, ella no podía evitar acordarse de sus pequeñines, a la vez que maldecía a su marido por ser el mas vago de la región y obligarle a trabajar mientras el holgazaneaba en la taberna.

Por fin llegó al zaguán, y, con parsimonia guardo en su memoria el aroma a carne asada y a rico dulce que habían preparado sus propias manos, a la vez que cavilaba que podría preparar para darles de cenar a su familia en esa ultima noche del año.


Echó a correr hacia su casa, el frío era aterrador y apenas quedaba gente transitando por las calles exceptuando algún borracho y mendigos que sabría Dios donde pasarían la noche. El pecho le oprimía, tenía ya ganas de llegar a su casa y abrazar a su hijitos, se le había hecho tarde, y, aunque hubiera poco, tendría que preparar algo de cenar para su familia.



De pronto escuchó pasos entrecortados pero rápidos, le dió la impresión de que la seguían, volvió la cabeza, y, en efecto, había alguien detrás de ella con prisa, vio a un hombre con un saco al hombro y, parecía, que del saco se derramara sangre, algún carnicero rezagado, pensó, y aligeró el paso.

El marido llegó a la casa y encontró a los niños ateridos de frío, con sueño y asustados, pero ella no estaba en ningún sitio, empezó a buscarle por todos lados, por los alrededores pero no daba con ella.

A la mañana siguiente los periódicos anunciaban en primera página que Jack el destripador había actuado de nuevo.



© marian tarazona
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