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lunes, 30 de marzo de 2015

Trasmoz. Excomulgado y maldito

"Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses, tornaron a aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron plagas sin cuento; las jóvenes del lugar se veían atacadas de enfermedades incomprensibles: los niños eran azotados por las noches en sus cunas, y los sábados, después que la campana de la iglesia dejaba oír el toque de ánimas, unas sonando panderos, otras añafiles o castañuelas, y todas a caballo sobre sus escobas, los habitantes de Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesas como las grullas, que iban a celebrar sus endiablados ritos a la sombra de los muros de la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte” . (Gustavo Adolfo Bécquer)

Me proponía escribir un artículo sobre la Inquisición, pero, cosas de la vida, me enredé por otros vericuetos, y he terminado escribiendo sobre un pueblo muy querido por mi, Trasmoz, a las faldas del Moncayo, en la comarca de Tarazona.

Pero claro, todo tiene su explicación, puesto que este pueblo es famoso por sus brujas, aquelarres y castillos encantados.

Conforme te acercas al pueblo, ves altanero su castillo, allí en lo alto, y no puedes dejar de pensar en cuentos y leyendas que inspiraron a famosos poetas, pero no hay que olvidar que el pueblo también tiene su propia historia real.                                          
Hablando del castillo,hay una leyenda que precisamente versa sobre él.
En ella se nos narra que dicha fortaleza apareció en lo alto de la colina de la noche a la mañana, y que el constructor fue, ni más ni menos, que un nigromante, el mago Mutamín, que había hecho un pacto con el diablo, y le permitió levantar sus muros en una sola noche.



La leyenda sigue contándonos  que el castillo estaba habitado por brujas, quienes se pasaban la noche entera arrastrando cadenas sobre el enlosado del castillo.
Dicha leyenda la debió de inventar el sacristán de Tarazona, Blasco Pérez quien se dedicaba a  la fabricación de moneda falsa dentro de sus muros, y no quería ser molestado por intrusos.

La imaginación popular convirtió al castillo de Trasmoz, y al pueblo entero, en un lugar de brujas y aquelarres,  por medio de esas triquiñuelas ideadas por el sacristán. Él mismo fue quien se encargó de hacer correr la voz de que el ruido metálico lo hacían las brujas encadenadas, y así,  aprovechándose del miedo de todos, alejaba a los curiosos fuera del lugar.                                           

El territorio ya estaba habitado en la prehistoria, según atestiguan los restos arqueológicos de 30.000 años de antigüedad.

En el siglo XIII Trasmoz era un pueblo aislado perteneciente al cercano monasterio de Veruela. Tal era su aislamiento que se escapaba al conocimiento de las personas ajenas al pueblo las correrías que allí se realizaban,  actos paganos y aquelarres convivían a diario con las gentes del lugar.

Trasmoz era independiente en el uso del agua, puesto que  la Corona le había otorgado derechos que no habían recibido pueblos colindantes.

Todo ello, unido al hecho de que en el castillo  se acuñaba moneda falsa, iba en detrimento de los beneficios del monasterio lo que no debía hacer nada de gracia al abad.

Fue por todas estas razones por lo que el Papa ordenó la excomunión de todo el pueblo.

Y todo ello a pesar de que la historia de la localidad, y el propio Señor de Trasmoz, nos enseña que es mas importante de lo que pudiera parecer. 


Se conoce que dicho señor de Trasmoz peregrinó a las tres santas ciudades, Roma, Jerusalém y Santiago de Compostela "de una sola vez".

No se tienen datos de que nadie más  lo hubiera hecho.                                                   

Años mas tarde, en pleno siglo XVI, concretamente en el año 1511, aprovechando las circunstancias descritas y que el Papa había excomulgado al pueblo, el Abad del Monasterio de Veruela decidió propagar por el municipio de Trasmoz una maldición.

Cuando se entraba a la localidad lo primero que se veía era un velo negro sobre una cruz, esa era la señal de la maldición.

En la colocación de la cruz intervinieron la totalidad de los monjes del monasterio de Veruela, entonando a la vez el salmo 108 (petición de ayuda contra el enemigo):

“1 Mi corazón está dispuesto, oh Dios;
 Cantaré y entonaré salmos; esta es mi gloria.
2 Despiértate, salterio y arpa;
Despertaré al alba.
3 Te alabaré, oh Jehová, entre los pueblos;
A ti cantaré salmos entre las naciones.
4 Porque más grande que los cielos es tu misericordia,
Y hasta los cielos tu verdad.
5 Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios,
Y sobre toda la tierra sea enaltecida tu gloria.
6 Para que sean librados tus amados,
Salva con tu diestra y respóndeme.
7 Dios ha dicho en su santuario: Yo me alegraré;
Repartiré a Siquem, y mediré el valle de Sucot.
8 Mío es Galaad, mío es Manasés,
Y Efraín es la fortaleza de mi cabeza;
Judá es mi legislador.
9 Moab, la vasija para lavarme;
Sobre Edom echaré mi calzado;
Me regocijaré sobre Filistea.
10 ¿Quién me guiará a la ciudad fortificada?
¿Quién me guiará hasta Edom?
11 ¿No serás tú, oh Dios, que nos habías desechado,
Y no salías, oh Dios, con nuestros ejércitos?
12 Danos socorro contra el adversario,
Porque vana es la ayuda del hombre.
13 En Dios haremos proezas,
Y él hollará a nuestros enemigos.”

(Ven en nuestra ayuda contra el adversario, pues la ayuda del hombre no sirve para nada. Con la ayuda de Dios haremos maravillas y Él aplastará a nuestros enemigos)

Salmo que se usaba para maldecir a los enemigos y que sirvió para maldecir también, en este caso, al señor de Trasmoz, a sus descendientes, y a todo el pueblo.

No se conoce ningún otro pueblo de España que haya sido maldito con un ritual similar.

Así fué como Trasmoz se convirtió en un pueblo maldito y excomulgado. El pueblo entero y sus habitantes. El único caso que existe en España.

Hasta hoy no ha levantado la excomunión ni la maldición ningún Papa,(solo puede levantarla un Papa o el obispo de Tarazona bajo las órdenes del Papa), pero tampoco los habitantes de Trasmoz la han solicitado.
  

Tal es la historia de brujería que acompaña a este pueblo desde principio de los tiempos, que, incluso Gustavo Adolfo Bécquer , se encargó de que llegara a nuestras retinas otra de sus leyendas:

 "Volví pies atrás, bajé hasta donde se encontraba el pastor y mientras seguíamos juntos por una trocha que se dirigía al pueblo, a donde también iba a pasar la noche mi improvisado guía, no pude menos de preguntarle con alguna insistencia por qué, aparte de las dificultades que ofrecía el ascenso, era tan peligroso subir a la cumbre por la senda de la tía Casca.
 Porque antes de terminar la senda – fue la respuesta del pastor – tendríais que sortear el precipicio al que cayó la maldita bruja que la da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el alma que, después de dejar su cuerpo, ni Dios ni diablo ha querido para suya"

La tía Casca, (en Aragón es común denominar  tío o tía a cualquier persona mayor y mas o menos conocida por todos los vecinos de la localidad), decía que la tía Casca era la típica bruja, tal y como se las pinta, siempre llevaba el pelo suelto y alborotado y le tapaba la cara. Era la más famosa y temida de todas las brujas de la región, y se reunía con el resto de brujas en aquelarres en el legendario castillo de Trasmoz.

El caso de la tía Casca fue diferente a todos, ya que ya había desaparecido la Inquisición, pero fue el pueblo entero quien la juzgó y la persiguió.

La leyenda cuenta, que la bruja fue acusada, como suele ocurrir siempre, por sus propios vecinos, por realizar todo tipo de hechizos,  incluso mal de ojo,  y fueron ellos quienes, un día de 1850, la acorralaron y persiguieron por todo el pueblo hasta un precipicio (barranco que hoy lleva su nombre), y, a pesar de los ruegos y súplicas de la anciana, la arrojaron a un arroyo y allí se ahogó. Así fue como el propio pueblo la condenó.

Y,  a pesar de que, como comentaba antes, Trasmoz sigue excomulgado y maldito, siguen celebrándose actos religiosos normalmente, y  no solo eso, sino que también se recuerda a las brujas, se realizan actos que recuerdan a la brujería, hechicería y aquelarres sin ninguna traba.




© marian tarazona
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miércoles, 18 de marzo de 2015

EL Bounti. La desaparicion de un barco debida a un motín

Seguro que si empiezo escribiendo "Motín a bordo" a todos nos suena a titulo de película, y, si nombro el "Motin del Bountty", también. Y es que existen unas cuantas que han tratado el tema del “Moutiny on the Bounty”, traducidas a nuestro idioma de diferentes formas como “Motín del Bounty”, “Motín a bordo”, “Rebelión a bordo” o “La tragedia del Bounty”.

La primera película dedicada al Bountty se remonta a 1916, se trata de una cinta de cine mudo en la cual debutaba Errol Flynn en el papel de Christian Fletcher .

La segunda es un film australiano, “In the Wake of the Bounty”, y de nuevo con Errol Flyn en el mismo papel. Esta película no tuvo mayor trascendencia.
La tercera, de 1935, dirigida por Frank Lloyd y protagonizada por Charles Laughton y Clark Gable, esta se tituló “Mutiny on the Bounty”, y ganó un oscar a la mejor película, Charles Laungthon daba vida al capitán Bligh y Clark Gable a Christian Fletcher.

En 1962 se hizo otra versión: “Mutiny on the bounty” dirigida por Levis Milestone. En esta ocasión en el papel de  Bligh estaba Trevor Howard  y en el de Christian, Marlon Brando.

La quinta película sobre este episodio se tituló “The Bounty”, fue dirigida por Roger Donaldson y la protagonizaron Anthony Hopkins en el papel de Willian Bligh, Mel Gibson, Laurence Olivier, Liam Neeson y Daniel Day-Lewis. Ésta versión es la que mas se ajusta a la realidad.

Pero el hecho que voy a narrar no sólo inspiro películas.
Sin ir mas lejos, Julio Verne publicó en 1879 un cuento corto titulado “Los amotinados de la Bounty”.
También existe una trilogía: “Moutiny on the Bounty”,  “Men against sea”, y “Pitcairn Island”, escritas por Charles Nordhoff y James Norman, entre 1932 y 1934, que se refieren a este hecho.
Incluso lord Byron escribió un poema titulado “The island” donde plasmó lo que ocurrió en la isla. Todos ellos fueron, a la postre,  los que inspiraron a los guionistas para llevar al cine la historia.

Y sin más preámbulos nos metemos en el tema de hoy, que es la desaparición de un barco debida al descontento de su tripulación. Un hecho histórico que sirvió de inspiración a literatos y cineastas.

El nombre completo del barco era "HMAV Bounty" (HMAV = His Majesty's Armed Vessel”, velero armado de su majestad).

Se trataba, como he comentado, de un barco de la armada británica. 

Un buque relativamente pequeño, de unas doscientas quince toneladas de desplazamiento y que contaba únicamente con cuatro cañones de dos kilos, y otros diez pequeños cañones de base giratoria, conocidos como “swivel gun” en inglés.

Realmente era pequeño si lo comparamos, por ejemplo con el Endeavour y el Resolution de James Cook,  que  desplazaban 368 y 462 toneladas respectivamente.

Sus medidas eran 27.7 metros de eslora y 7.3 metros de manga. La tripulación estimada para manejarlo era de unos 46 tripulantes.

En principio había sido un carguero de carbón, el Bethia, construido en 1783, en los astilleros Blaydes cerca de Hull.

En 1787 lo adquirió la armada para transportar desde Tahití hasta el Caribe los frutos y semillas del “árbol del pan” que representaba una alimentación muy barata para los esclavos de las plantaciones de caña de azúcar.
El Bounty, capitaneado por William Bligh, partió de Spithead, Inglaterra, el 23 de diciembre de 1787 con cuarenta y cuatro hombres de tripulación.

Seguía la ruta lógica, pasando por el sur de América, rodeando el cabo de Hornos, pero allí se encontraron con una tormenta que les impidió avanzar.

Después de treinta días tomaron la ruta alternativa por el sur de África, y por fin llegaron a Tahití el 25 de octubre de 1788.

Como cuando llegaron a  la isla ya no era época para poder recoger los frutos, tuvieron que quedarse en la isla cinco meses. La tripulación casi llegó a olvidarse  de su tierra, muchos encontraron en el lugar a su pareja, e incluso el primer oficial se caso con una mujer de allá. Se acostumbraron a la buena vida, al buen clima y al trabajo mínimo y sin disciplina.
Para solucionar el problema de comunicación entre ellos  y los habitantes de la isla, ya que ninguno hablaba la lengua del otro, tuvieron que recurrir a inventarse una lengua propia, ésta ha llegado hasta nuestros días y se conoce actualmente con el nombre de "Norfolk”.
Llegado su tiempo, pudieron recoger los brotes, y el 4 de abril partieron rumbo a las indias occidentales, pese al descontento de unos cuantos hombres que se habían acostumbrado a la ociosidad de los últimos meses, y ahora la disciplina a la que eran sometidos les disgustaba.
Pero el 28 de abril de 1789, nueve miembros de la tripulación al mando de Christian Fletcher (el contramaestre) se amotinaron y apoderaron del Bounty.

Christian Fletcher, Peter Heyword, Edward Young y veintidós hombres más irrumpieron violentamente en el camarote del capitán William Blight y lo destituyeron de su autoridad.
Los amotinados se habían cansado del carácter del capitán y sus excesos. Aquella misma mañana, sin ir más lejos, había azotado a un marinero sin ninguna razón

El capitán intentó hacer entrar en razón a sus hombres, haciéndoles volver a sus tareas. Les recordó que amotinarse era un delito y que no podrían regresar a Inglaterra, por que si les apresaban les colgarían.

Los hombres sabían a  lo que se exponían, pero tomaron al capitán Bligh junto con 17 hombres de su confianza y los abandonaron en un bote  de 23 pies (7 metros).
Les proveyeron con dos mástiles, algunos clavos, una sierra, una porción de galleta (alimento para largas travesías en mar), carne de cerdo, seis botellas de vino, seis de ron y la caja de los licores del capitán.
Al capitán le dieron, además,  tablas náuticas y  sextante.


Bligth tenia claro la ruta a seguir, decidió dirigirse a Timor, un enclave holandés distante unas 1200 leguas, y desde allí tomar un barco de regreso a Inglaterra.

Tras permanecer a la deriva 3600 millas (casi 5800 Km.), y, después de siete semanas, el bote paró en una isla para aprovisionarse,  todos desembarcaron y algunos de los hombres fueron a recoger cocos, pero fueron atacados por los habitantes de la isla, por lo que tuvieron que regresar precipitadamente a la chalupa, pero  John Norton (cabo de brigada) fue apedreado y murió.
Los habitantes salieron detrás de ellos para atacarles, pero pudieron salir de la isla perdiendo un solo hombre.

El capitán prefirió no parar en ninguna isla más, ante el miedo de perder más hombres, por lo que se dirigió directamente hacia Timor.

Llegaron en malas condiciones, muertos de hambre y sed y mojados, Permanecieron allí dos meses a los cuidados del gobernador, y después embarcaron en una goleta rumbo a Inglaterra, a donde llegaron el 14 de marzo de 1790.

Tras examinar el informe del capitán,  el almirantazgo le eximió de toda culpa,  dispuso la fragata Pandora y la envió en persecución de los amotinados de la Bounty.

Mientras esto ocurría, los amotinados navegaron de isla en isla buscando tierras fértiles que pudieran alimentarlos, como no la encontraron, regresaron a Tahití.
Christian abandonó a dos terceras partes de la tripulación que se establecieron en distintas partes de la isla.
Allí, en Tahití,  dejaron a diez y seis  hombres en espera de algún barco que los llevase de regreso a su patria y Christian  volvió a zarpar llevándose con él a ocho marineros, seis hombres y once mujeres de Tahití, acompañados de un bebé.

Tenían que huir y esconderse, pues recordemos  que, en aquel tiempo, los amotinados eran condenados a muerte.
De casualidad encontraron la isla Pitcairn que entonces figuraba en las cartas de navegación con una posición errónea, y se quedaron allí convencidos de que jamás les encontrarían.


El 23 de enero de 1790 quemaron el Bounty para no ser localizados y para borrar toda posible huella del motín.


Epílogo

Cuando Bligh llegó a Inglaterra y contó lo sucedido  el almirantazgo envío al HMS Pandora, capitaneado por Edgars Edwards para rescatar al Bounty y apresar a los amotinados.

Llegó a Tahití el 23 de marzo de 1791 y nada más hacerlo apresaron a cuatro hombres que habían  acudido a recibirlos, en las semanas siguientes apresaron a diez hombres más.

El Pandora salio de Tahití el 8 de mayo de 1791 y estuvo buscando el Bounty por las islas vecinas durante tres meses. El 29 de agosto chocó contra un arrecife y se hundió. Perdieron 31 tripulantes y 4 prisioneros. El resto, 89 tripulantes y 10 prisioneros, embarcaron en botes y llegaron a Timor el 16 de septiembre.

Los diez prisioneros fueron juzgados: cuatro de ellos, de los que Bligh había dicho que eran inocentes, fueron absueltos. Del resto dos fueron condenados  y después perdonados, otro, debido a un tecnicismo legal, también fue perdonado, y los otros tres fueron condenados  a la horca.
Bligh y Edwards fueron juzgados por perder sus respectivos buques, pero les declararon inocentes.
Bligh terminó su carrera naval con el grado de vicealmirante, después seria designado gobernador de Nueva Gales del sur.

Edwards volvió a rescatar al Bounty y completar la recolección. Recogió 2126 plantones del árbol del pan y miles de otras especies botánicas, nunca llegaron a encontrar restos del Bounty ni de los hombres.

En 1814, el capitán Staines desembarcó en Pitcairn para explorarla y se sorprendió de ver en la isla chozas y habitantes por la playa, pues la creía deshabitada.

Dos chicos se aproximaron a ellos en un bote, uno se llamaba Christian Flecher y el otro Young, contaban con 25 y 18 años respectivamente.

Cuando les preguntaron, los muchachos les contaron que, después de abandonar en Tahití a 21 de sus compañeros, Christian marchó a Pitcairn. Lo primero que hicieron fue destruir la Bounty, aunque ello supusiera no poder regresar jamás a ninguna tierra civilizada.

Tuvieron que organizarse pero había peleas pues solo estaban unidos por el hecho de haberse amotinado y el miedo a ser descubiertos, algunos murieron en dichos altercados.

El último superviviente fue John Adams, quien educó  a los habitantes de la isla. Falleció en 1829.

Los dos muchachos eran, el uno hijo de Christian, y el otro el de Young.

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