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viernes, 22 de abril de 2016

La condesa traidora. Los monteros de Espinosa

No cabe duda de que, en cualquier lugar a donde nos dirigimos, encontramos alguna leyenda o hecho histórico ligado a esas piedras, a ese manantial, a esos caminos que un día recorrieron otros pies y miraron otros ojos que nos precedieron en el tiempo, y que, por una u otra razón, y de una manera inesperada, nos encontramos con ellos, o, quizá, quien sabe, nos encuentran a nosotros.
Un buen día, podríamos decir que, por casualidad, recalé en Espinosa de los Monteros, en la provincia de Burgos. Y como no, sin saberlo, (aunque creo que en mi interior algo me llamó) me encontré con uno de estos hechos sacados de las historias caballerescas.

Mi intención era visitar un abandonado castillo, o, lo que queda de él, la llamada Torre de los Velasco, y dejándome llevar por la intuición comencé a indagar que acontecimientos podría haber ligados a ella.

Se trata de un ejemplo de Torre medieval defensiva formada por dos cuerpos rectangulares, una esbelta torre y otra construcción secundaria, que en su día debió cumplir las funciones de caballeriza.

En realidad no se si la historia que me encontré esta ligada a dicha torre, pero mi imaginación , desde el instante en que la divisé, hizo que así fuera.


Espinosa de los Monteros está unida a un hecho acontecido en el año 1006, en tiempos del Conde sancho García, en plena reconquista, aunque el hecho permanece mezclado entre la historia y la leyenda.

Don Sancho vivía a comienzos del siglo XI en la villa de San Esteban (Burgos), y Mohamed Almohadio, el rey árabe, vivía en la villa de Gormaz. 

Cierto día, el conde castellano invitó al rey árabe a una partida de caza, momento en el que Mohamed conoció a la madre del castellano, doña Aba de Ribagorza, naciendo un afecto tan grande entre ambos, que acabó en enamoramiento.

Tan extasiados se encontraban, que entre ambos tramaron eliminar al monarca castellano preparando un veneno que doña Aba haría tomar al conde, una vez consumado el asesinato, ella avisaría a su amado arrojando paja al río.

Los musulmanes aprovecharían la señal para coger por sorpresa a los cristianos y así podrían conquistar la villa de San Esteban y el resto del condado. Según tenían planeado, con ellos iría la propia Aba.

Sin embargo, una camarera de la condesa, se enteró de toda la urdimbre y así se lo hizo saber a su esposo, Sancho Espinosa Peláez, que era el escudero del conde, quien lógicamente puso sobre aviso a su señor.

El conde don Sancho, que ya conocía lo que iba a suceder, no se sorprendió cuando, al llegar cansado de una cacería, su madre le entregó un vaso para calmar su sed. 
Pero el conde lo rechazó y le invitó a que fuese ella misma la primera que lo probase, lógicamente se negó, pero él le obligó a beberlo amenazándole con que lo hiciera o le traspasaría con su espada. Doña Aba no tuvo mas remedio que beberlo y murió en el acto.

Entonces don Sancho mandó arrojar al río una gran cantidad de paja, tal y como habían planeado hacer los amantes, y Mohamed, al verlo, y creer que el conde había muerto, salió al instante para atacar a los cristianos.

Pero antes de llegar a la villa ya le esperaba don Sancho acompañado de su fiel escudero, en ese  momento les atacaron.

El conde, en agradecimiento a la nobleza de su mayordomo, que le salvó la vida y salvó al condado, instauró para él el titulo de Montero de Cámara, haciéndole responsable de su guardia personal, y como ayuda a su nueva misión, le asignó a cuatro ayudantes  mas, todos de su misma familia y todos naturales de Espinosa, formando el cuerpo de  Monteros de Espinosa, por haberse originado el hecho en un monte y de Espinosa por ser naturales de dicha villa.

A los Monteros les fueron concedidos privilegios, solares y blasones.
Para ser Montero se les exigía ser hijos de Espinosa, tener limpieza de sangre y honradez, ser mayores de 25 años, y no pertenecer a oficios serviles o de delantal. Podía ser Montero del Rey un labrador, por ejemplo, pero no un zapatero, o un carnicero.

En cuanto a su uniforme, no se tiene muchos datos, aunque por relatos posteriores al  S XII se sabe que vestían tunica verde, la cabeza la llevaban descubierta, y empuñaban en una maño un escudo, partido en dos cuarteles, uno rojo y otro blanco, y en la otra mano una espada. Sin embargo no será hasta 1744 cuando se les dota de un uniforme en regla.

Este Cuerpo de Monteros de Espinosa con el tiempo se integraría en la Guardia Real, asumiendo la vigilancia nocturna de las habitaciones reales.
Alfonso VIII los aumento en número hasta 23, los Reyes Católicos hasta 76 y Carlos I los redujo a 48.

Su servicio se vio suspendido durante la revolución de 1868, y se reanudó de nuevo con Alfonso XII, pero como consecuencia del exilio de este último, terminó por suspenderse.


Hoy en día en la guardia real existe un “Grupo de Honores” denominado Monteros de Espinosa compuesta por 120 hombres, de los que, casualidades de la vida, por proximidad conocía la existencia de dos de sus componentes, sin tener ni idea de lo que representaban. 


 Como colofón de la historia, adjunto un romance que nos narra los hechos.

ROMANCE DE LA CONDESA TRAIDORA

Por los palacios del rey
iba una dama corriendo;
iba descalza y desnuda,
desmelenado el cabello,
en busca del rey don Sancho
del rey don Sancho, el nuevo.
¡Cómo duermes, ay, don Sancho,
cómo te entregas al sueño,
la traidora de tu madre
procura hacerte el entierro!
En la semana no hizo
sino un vaso de veneno;
no lo bebas, ay, don Sancho,
sin que ella beba primero.
¿Cómo te va, hijo mío
hijo mío y mi consuelo?
Aquí te traigo, hijo mío,
este vaso de gran precio,
aquí te traigo, hijo mío,
un vaso de vino bueno.
Toma, bebe de este vino,
que te lo traigo compuesto,
que por hacer la bebida
tres días van que no duermo.
Yo os agradezco, mi madre,
los vuestros desasosiegos,
mas no beberé, mi madre,
sin que lo probéis primero.
El día que murió tu padre
hice yo un juramento:
donde estuvieran los hombres,
de no beber yo primero.
Bebedlo, madre, bebedlo,
que, si no, os mato luego.
No lo tocó a los labios,
muerta se cayó al suelo.
La ha enterrado como a madre;
sobre la tumba alzó un templo.
Mandó cartas por España
de esta manera diciendo:
“Donde quiera que hay mujeres,
hombres no beban primero”.

© marian tarazona
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